Puesta en escena en España
BADANA
Tres blasfemias para una sola garganta
Si drama es personaje y el personaje se confronta en la acción, lo que a continuación se ofrece busca la verificación escénica en una sola voz capacitada para engendrar tres historias. Las tres mujeres aparecen en la tradición de la pureza, en el linaje de la santidad, bellas doncellas atormentadas –como casi todas– por los dedos divinos del Dios y también por la carne viva, por el deseo y los pulgares de sus congéneres. Se ofrece a continuación una diáspora, un ir y venir de rostros, retazos de humanidad que nacen entre oraciones truncas.
Deseosa de escapar de los discursos sexistas, regocijada en la blasfemia, aunque enterada de la virtud del misterio, la mujer que pretenda oficiar este ritual de conjuros en torno a la belleza y la fe deberá aspirar a que la acción ocurra, antes y sobre todo, en la imaginación. La forma en que se aborda la farsa se vale de la narración, del privilegio de la fábula, de contar y contar un suceso para llevarlo al tinglado.
Basta recodar el ejemplo de Santa Teresa que muere porque no muere para estar con su Dios amado. Así, estas tres mujeres, con más diferencias que semejanzas trazan en el aire espeso de la representación los signos de otro amor, de otra obsesión: la del cuerpo, la de la unión divina, el gran coito universal, el más puro, el más sangriento: la blasfemia.
No se trata de levantar la voz para insultar a Dios, ni de hacer mofa de sus incapacidades, ni mucho menos se busca blasfemar porque sí. Se consiente la exploración del vituperio contra el padre como aquel profeta Jeremías que miró al cielo y preguntó –igual que el hijo– ¿por qué me has abandonado?.
Hacer en este recorrido una indagación del reclamo, del clamor, ese instante durísimo en que el hombre hace su canto irreverente y grosero contra el Dios.
Enrique Olmos de Ita
|